El gobierno ha doblado el brazo después de un año de desastroso manejo del conflicto agrario. A la misma hora en que la edición de marzo de Eslabón iba a impresión, el martes 3, la reunión programada entre entidades agrarias y gobierno cambió de carácter por la imprevista incorporación de Cristina Fernández.
Invitamos a leer a la luz de ese hecho el análisis de la coyuntura y el informe económico de esa edición (ar.geocities.com/
“La coyuntura se precipita”, decíamos. “El gobierno ha quedado entrampado en la crisis internacional, precisamente en el momento en que comenzaba a serle inmanejable la situación interna”. “Cada vez que habla la Presidente produce más rechazo en la población”. “Como adelantamos en Eslabón del 7 de enero, comenzó la fuga de kirchneristas de todas las proveniencias y en todas las direcciones. El fenómeno ha llegado al lugar más sensible: el conurbano bonaerense, el bastión clientelístico de los señores feudales del PJ, que ya comienzan a jugar otras alternativas”. “La derecha prepara el recambio”, agregábamos.
Desde horas antes de que comenzara la discusión entre dos ministros y cuatro dirigentes agrarios, alrededor de 200 asambleas de chacareros a la vera de las rutas más importantes del país indicaban el estado de ánimo de ese sector social y anunciaban el comienzo de una nueva oleada de movilizaciones. Esta vez la incorporación de las ciudades del interior sería incomparablemente más masiva: la desocupación ya comenzó a crecer, el comercio ha visto caer las ventas en más del 50% y el miedo se conjuga con ira y desesperación en sectores crecientes de la población. El día anterior en 15 provincias no habían comenzado las clases por huelgas docentes que se prolongan en todo el país inaugurando formalmente una puja salarial que no cejará en los próximos meses.
El gobierno comprendió que el problema no era ya únicamente el vertiginoso deterioro electoral que le augura una derrota dura en octubre. Su debilitamiento comenzaba a transformarse en incapacidad de gobernar.
Entre el colapso y la negociación el elenco gobernante eligió lo segundo. Entregó todas las banderas en esa reunión sólo se guardó una: las retenciones a la soja. Fernández admitió sin embargo que, en el Congreso, se discutan alternativas fiscales para reemplazar esos ingresos, absolutamente vitales por las razones explicadas en el informe económico aludido más arriba. Descartó ya explícitamente la nacionalización del comercio exterior y relativizó incluso la posibilidad de “un ente conjunto” que rija la comercialización de granos y carnes, al que se aludió extraoficialmente en los días previos.
No es imposible que este acuerdo sea incumplido y el conflicto se relance. Todo indica que hay diferencias internas en el gobierno para afrontar la situación. Pero en caso de que esta línea se afiance, el brusco retroceso oficial significará una victoria de los exportadores, los pools de siembra y los grandes terratenientes. Si acaso los pequeños y medianos campesinos tienen un alivio con la eliminación de retenciones a trigo y maíz, la flexibilización de la exportación de carne y leche y los subsidios a la producción lechera, esos beneficios se verán rápidamente neutralizados y el problema social del campo reaparecerá. La ocupación de un Banco en Entre Ríos, en descontrolada protesta por tasas de interés del 36%, cierres de cuentas y amenazas de ejecuciones hipotecarias, aseguran que el problema de fondo es mucho más serio de lo que imaginaron quienes en este conflicto vieron únicamente a la oligarquía terrateniente acosando a un gobierno que no es el suyo.
Pero la fallida negociación secreta del ministro Julio De Vido con el presidente de la Sociedad Rural Argentina dejó a las claras cuál es el interlocutor buscado por el gobierno para buscar solución al problema.
En suma: ante la precipitación de una debacle, el gobierno buscó respaldo en el gran capital, hizo concesiones a las transnacionales imperialistas de acopio y exportación y a la burguesía liberal, desechó instrumentos fundamentales para resolver el conflicto en función de los intereses de la nación. Dicho de otro modo: giró explícitamente a la derecha.
Esta conducta en la política interna es coherente con la que está adoptando en el escenario internacional. El gobierno ha olvidado al Mercosur y a Unasur. No digamos ya el Alba, al cual jamás se aproximó. En cambio, ensalza la participación en el G-20 y propugna la reforma del FMI, con el que ya ha comenzado a negociar las paces.
Aun con este signo, la resolución transitoria de una situación que llevaba a la desestabilización a corto plazo, tiene un aspecto positivo: se desdibuja en lo inmediato el recambio preparado por el imperialismo y la casi totalidad del gran capital local. No habrá paz para el gobierno sin embargo. El malestar social aumentará. Y la oposición burguesa apelará a todos los recursos para continuar desgastando al oficialismo con vistas a octubre.
Como venimos afirmando desde hace mucho, el riesgo de desestabilización y el acoso imperialista no puede afrontarse aproximándose al gobierno. Ya no es una previsión teórica: los hechos demuestran que ante la emergencia, la opción no es en favor de la clase trabajadora, de las masas empobrecidas, de los intereses elementales de la nación.
No hay otro camino: es preciso buscar la unidad social y política de las grandes mayorías con un programa antimperialista y genéricamente anticapitalista. Es preciso recomponer las fuerzas en la fundación de un Partido Revolucionario. Y hay que hacerlo ya.
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