El mundo se ha globalizado y acabó globalizando los problemas también. Se trata de procesos objetivos íntimamente relacionados con el desarrollo científico y tecnológico. No se trata de salvar a una comunidad o a un país sino a la humanidad en su conjunto. La crisis de civilización que enfrentamos, la más aguda desde la caída del imperio romano y de efectos muchísimo más graves que aquélla, nos plantea retos que solo se pueden abordar con lo mejor de la historia científica e intelectual de la humanidad.
Partiendo de estas premisas, los movimientos sociales están obligados, hoy más que nunca antes, a tomar en consideración esas realidades para promover la acción transformadora a favor de la justicia. Es, precisamente la crítica y el análisis de la quiebra radical y en general de toda la institucionalidad burguesa heredada de siglos anteriores, donde está el camino para encontrar soluciones que nos permitan hallar las nuevas fórmulas para relacionar el movimiento intelectual y social con el papel del Estado.
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