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martes, 7 de abril de 2009

Indignémonos por la discriminación

Alegato a favor de la radicación de familias porteñas

Daniel Tirso Fiorotto

De la Redacción de UNO



Opinión, en respuesta a la posibilidad de que familias de otras latitudes de Latinoamérica deseen vivir aquí.



Bienvenidos, hermanos porteños. Entre Ríos los recibe con los brazos abiertos. Para nosotros será una fiesta, tenerlos de vecinos. Vengan nomás, “que nunca faltó en mi rancho un capón, un surubí”, como decía don Eulogio.

Si algunos de ustedes, si algunas de sus familias, desean habitar este suelo bellísimo con diversidad natural y cultural envidiables, aquí estamos los entrerrianos para darles una mano. Queremos que sean nuestros hermanos, que se sientan bien aquí, y compartir con ustedes las riquezas de esta tierra y la identidad de nuestra cultura que nadie clausuró sino que está abierta al mundo.

Muchos de nuestros abuelos fueron bien recibidos aquí, muchos de nuestros abuelos fueron maltratados también aquí, y por eso, porque tenemos historia de persecuciones y matanzas, y también historia de oportunidades, nadie mejor que nosotros para comprender al desterrado y darle el calor que quizá, por pudor, no esté pidiendo.

No hay lugar más rico en la Argentina que la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires, pero si allí la distribución de las riquezas es tan injusta que no da lugar a miles y miles de familias, condenadas a la miseria, condenadas a juntar cartones y sobras de comida por las noches, entonces aquí estamos los entrerrianos para dar cobijo a los hermanos más necesitados, a los sedientos de justicia distributiva, de oportunidades.

Bienvenidos, entonces. Nosotros no pondremos ningún obstáculo, todo lo contrario: aceitaremos los caminos para que la estadía de sus familias sea placentera, y para que arraiguen aquí, no porque nosotros seamos buenos y generosos sino porque ustedes tienen derecho. Así de simple.

Es cierto, la justicia distributiva no es uno de nuestros atributos, que los tenemos, pero seguramente la nueva inmigración nos permitirá abrir los ojos, despertar de este sueño, darnos cuenta de cuántos problemas estructurales “superamos” en las últimas décadas expulsando familias de aquí, por negarles oportunidades.

El día llegará, no sabemos cuándo, que comprendamos que Entre Ríos no está llamada a ser habitada entre pocos, y comprendamos que los miles que empujamos y viven con sus nietos en Buenos Aires, en la Patagonia, en el noroeste, aún tienen derechos aquí a pesar de que nuestro facilismo y conformismo hizo que casi los olvidáramos.

“Hermanos míos, no puedo estar en esta fiesta amable porque sé de qué está hecha. Para que esta fiesta se hiciera para nadie fue necesario que os arrojaran a los caminos, o a vivir bajo un cielo que no tiene ciertamente sonrisas”. Juanele Ortíz sí que sabía del dolor de los desterrados, y del frío que provoca ese paisaje bello y a la vez deshabitado.



Infelices, privilegiados



Nosotros, los mismos que pusimos el grito en el cielo cuando arribaban a esta provincia grandes empresarios inescrupulosos a lucrar con nuestras riquezas (en la banca, en el comercio, en las tierras, en las empresas del estado), nosotros abrimos hoy nuestros corazones para dar la bienvenida a los más pobres de la Argentina y no deseamos imponerles nuestros modos, nuestra música.

No ponemos condiciones, para que un latinoamericano viva aquí. Ésta es su casa.

La discriminación negativa del negro, del gordo, del pobre, del chino, del judío, de la mujer, o de la persona con capacidades diferentes, deben avergonzarnos. Está bien que nos alarmemos, que respondamos con un grito de reprobación ante los síntomas de la discriminación negativa.

Esta proclama a favor de la inmigración se explica en noticias recientes. Poco importan detalles, pero en una ciudad entrerriana escuchamos esta semana voces contrarias a la presunta llegada de pobres de alguna villa de Buenos Aires.

Se comprende el malestar de algunos, porque las personas indigentes han sido manipuladas más de una vez en la Argentina por sectores inescrupulosos, que usan a esas personas para sacarles votos, o para ponerlas como fuerzas de choque. Se comprende, porque esos traslados se han producido a veces sin planes y terminaron perjudicando a unos y otros. Pero lo que no puede aceptarse es el error en el diagnóstico: nuestro problema se presenta con los poderosos sin escrúpulos, jamás con los pobres y los indigentes.

En Entre Ríos, con una rica historia de migraciones y expulsiones, todo inmigrante debe ser bienvenido, y en especial si es una persona pobre a la que podamos darle una mano.

Cuando las familias de una villa de Buenos Aires tengan la oportunidad de trasladarse a una ciudad entrerriana, nuestra respuesta será positiva, el arribo de esas personas nos alegrará con sólo imaginar las expectativas que se harán estos hermanos, y principalmente los chicos, los jóvenes. Oh, por favor, vengan y hagamos esto juntos. Vengan, que aquí tenemos mucho que aprender, que aquí también tropezamos varias veces y tratamos de levantarnos.

La sola posibilidad de que esta tierra les de un lugar, nos alegra. Jamás podemos contestar con la discriminación negativa, como si Dios hubiera hecho este suelo exclusivamente para nosotros. Esa respuesta es propia de la soberbia o de la ignorancia.

Queridos amigos porteños, bonaerenses; queridos amigos bolivianos, peruanos, uruguayos, paraguayos, rosarinos: si algunos de ustedes piensan que pueden construirse un futuro en Entre Ríos, aquí los recibiremos con los brazos abiertos. Sin distinción. Queridos hermanos, ¡ésta es su casa!

No nos importan las creencias, la raza, las posiciones políticas. Tampoco miraremos sus antecedentes sin antes revisar nuestros prontuarios.

Nos importa, sí, la condición económica de los posibles inmigrantes, porque los más infelices deben ser los más privilegiados, según el mandato inmortal de José Artigas que los entrerrianos no podemos ignorar. Ese mandato está en la banda roja de nuestro emblema y dice dignidad, dice prioridad para los desposeídos, dice libertad, distribución, respeto de la persona humana.

Es cierto, ese mandato ha sido y es pisoteado aquí, pero esta noticia de las migraciones posibles nos obliga a recuperarlo, es una buena excusa.



Agrandar la rueda de mate



Entre Ríos tiene una rica historia de puertas abiertas que nos gusta honrar. Este suelo acogió a muchos inmigrantes, y sus descendientes no tenemos el derecho de cerrar las puertas a otras familias que aspiren a desarrollarse aquí, al contrario: lo nuestro será recibirlos con un mate, con un abrazo.

Miles de familias de charrúas, chanás, y de otros pueblos originarios fueron expulsadas o liquidadas por el conquistador en estas tierras. Miles de familias afroamericanas fueron reducidas a la servidumbre. Sus hijos, puestos a la cabeza de las luchas fratricidas, resultaron las primeras víctimas. Sobre sus huesos construimos la independencia y el federalismo.

Miles de familias de inmigrantes debieron dejar sus pequeñas parcelas, o abandonar sus campos arrendados, como víctimas también de la concentración de la riqueza que se ha dado particularmente en el último medio siglo y sin solución de continuidad.

Entonces Entre Ríos ha sometido o expulsado a indios, negros, gauchos, gringos. Por eso es de los territorios argentinos con menor crecimiento demográfico. ¿Seguiremos en esa línea, o buscaremos garantizar un lugar aquí para los hijos de estas tierras? ¿Y seguiremos en la línea expulsora y discriminadora, o tomaremos conciencia de que este suelo no verá erosionada su identidad, su sustentabilidad, con el ingreso de personas de otras provincias u otros países vecinos, sino todo lo contrario?

La discriminación de personas nacidas en la China que tienen un comercio aquí no es una actitud que honre el esfuerzo de nuestros mayores por recibir a alemanes, españoles, italianos, árabes, rusos, etc.. Esa mirada por sobre el hombro no honra el pasado de agradecimiento que caracterizó a nuestros bisabuelos por haber hallado este lugar donde vivir y ser respetados.

Lo mismo, la discriminación de personas que llegan de un barrio de Rosario o de Buenos Aires, no condice con la historia más generosa de los entrerrianos. Hoy no sabemos si pueden o quieren venir, pero en caso de que se lo propongan, cuenten con nosotros.

Dos por tres se escuchan algunas voces o se observan algunas actitudes chauvinistas, patrioteras, egoístas, con la creencia de que el pobre traerá inseguridad, como si la corrupción, la concentración de riquezas y el despilfarro del capital del pueblo hubieran sido responsabilidad de los pobres. Como si no supiéramos que las cárceles están atestadas de pobres porque a las leyes no las hicieron ellos, y muchos poderosos, aún los condenados, siguen gozando aquí de su libertad y ni siquiera devuelven diez centavos de los millones que le robaron al pueblo.



¿Dónde está el problema?



Ahora bien: resulta atendible la prevención de muchas familias honestas que sienten que la inmigración de personas radicadas hoy en las villas de grandes centros urbanos pueda afectarles sus modos, sus costumbres, como un ruido para la armonía de nuestras ciudades. Esa prevención es lógica, porque hemos visto sectores poderosos aquí dispuestos a aprovecharse de los indigentes con fines de manipulación.

Se sabe incluso de ciudades donde se traficaron no personas sino documentos, residencias, para que algunos habitantes de otras zonas superpobladas votaran allí, de manera que terminaban cometiendo un fraude.

Por eso mismo, porque estamos experimentados en estas bajezas, la respuesta de la ciudadanía debe ser contra la manipulación, contra los inescrupulosos, contra aquellos que violan los derechos humanos y manosean al pobre. Nuestro problema estaría focalizado, entonces, en los poderosos que nos han defraudado una y otra vez, y no en las familias de indigentes que pueden buscar aquí un futuro más dulce que el del hacinamiento en las villas.

Con planes serios, responsables, integrales; con planes que resuelvan asuntos de vivienda, de trabajo, de educación; con planes inclusivos, que integren a las personas en lugar de expulsarlas, todo marchará aceitado y dará sin dudas gratificaciones enormes porque nada nos puede regocijar más que dar una mano a los latinoamericanos, sean argentinos, bolivianos, chilenos, para que trabajen aquí, en este suelo que no es nuestro sino que nos ha sido dado para que nosotros devolvamos en generosidad, en amplitud, en paciencia.

Si nos parece que no hay lugar para otros porque aquí tenemos muchos jóvenes que no pueden acceder a un trabajo, entonces el problema no está en los hermanos que desean ser nuestros vecinos y compañeros acá, sino en aquellos vecinos nuestros que inventaron una estructura económica expulsora, para pocos.



El federalismo perdido



Si nos parece que no estamos en condiciones de recibir a nadie porque nos falta presupuesto, no caigamos en la pretendida “solución” de no recibir a nadie: busquemos por el lado del presupuesto. Nuestro problema es de estructura económica y de presupuesto, de riquezas que se cuelan de distintos modos, y el anuncio de nuevos inmigrantes no hace sino poner el problema sobre la mesa.

Los errores que hemos cometido, se pagan. Lo injusto sería que a esos errores los paguen los pobres, los indigentes.

Y claro que lo más fácil es cerrarles la puerta, porque lo otro nos obliga a pensar en cambios profundos. Ahora, ¿nos resignaremos a las estructuras, y les daremos la espalda a todos, sólo por no animarnos a esos cambios?

¿Y cuánto tiempo pasará para que esos cambios que nosotros no hagamos con planes acabados, con proyectos integrales, los hagan otros por la fuerza de los hechos?

Para comprender bien el momento en que estamos, hay que empezar reconociendo que vivimos una ilusión. Si Entre Ríos expulsó no menos de 600 mil habitantes en 50 años, a razón de varias familias por día, los que quedamos viviendo aquí lo hicimos sobre la ilusión de pensar que eso es natural, que es justo, que en esta suerte de ley de la selva quedamos los más dotados y los restantes perdieron.

Todo eso es un engaño, un engaño que nos sienta cómodo. Pero la verdad-verdad es que esos 600 mil habitantes debieran estar entre nosotros, acá, compartiendo pobrezas, y así nos daríamos cuenta de que tenemos que ser creativos y corajudos para encarar cambios que nos den techo y comida y escuela y hospital a todos. El destierro no es una solución, es una salida lacerante para los que se van y viven de recuerdos, y para los que quedan, avergonzados de la buena suerte.

Y si en la integración de nuevos argentinos se pierde algo en trabajo y en seguridad, en esa transición, también habrá que reconocer que esa supuesta seguridad la gozábamos sobre el destierro de miles.

A eso se suma que nosotros ya tenemos problemas de inseguridad en la calle, en las rutas, vicios de todo tipo, pobrezas, desnutridos, es decir: no precisamos que vengan de afuera para que conozcamos calamidades.

Respecto de la demografía, ya hemos señalado que en un territorio como el entrerriano, otros países dan cabida a diez millones de personas, de manera que no hay razones de peso para frenar un asentamiento.



¿Dar o devolver?



Claro, se insistirá: por qué tener tantas consideraciones con los pobres de afuera, si no somos capaces de resolver los problemas de miseria y hambre dentro de nuestras fronteras. Y la respuesta es la misma: ¿qué culpa tienen los indigentes de Buenos Aires, que nosotros aquí tengamos también una distribución tan desigual de las riquezas?

Es cierto que el día que Entre Ríos padezca problemas de superpoblación, habrá que encarar soluciones. Pero insistimos: con generosidad y justicia, hay lugar para todos y no podemos sino alegrarnos, ante la sola posibilidad de que algunos menos privilegiados nos estén viendo como potenciales vecinos.

Ahora, en caso de que algún sector político enviciado en la manipulación de las personas, en caso de que algunos pretendan colocar a personas al servicio del status quo, entonces sí veremos el modo de excluirlos, a ellos sí, con el uso de las urnas. Expulsar del poder a los inescrupulosos sería tan justo y necesario como celebrar al mismo tiempo el encuentro con los nuevos vecinos para lo cual bastará con que agrandemos la rueda de mate.

¿Cuántos de ellos, cuántos habitantes de los barrios de Buenos Aires, por caso, nos darán cátedra de entrerrianía, porque sus abuelos o sus padres debieron emigrar de esta provincia charrúa, y se fueron, desterrados, para vivir idealizando sus pagos, soñando con el retorno, ante nuestra desidia y nuestra poltrona?

El cielo entrerriano, esa cobija, alcanza para todos. Sólo falta que sepamos interpretar los mandatos de la historia, las responsabilidades de hoy, y comprender que tantos límites políticos y discriminaciones tontas no resisten una cabal mirada latinoamericana.

Si a nuestros hermanos porteños les diéramos un lugar, ¿estaríamos regalando o devolviendo?

Como vemos, fuera del centralismo argentino que tanto daños nos hizo y nos hace, esta mirada solidaria con los llamados “villeros” no es un invento: hecha raíces en las más profundas convicciones de los panzaverdes, que hemos heredado y debemos honrar.