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martes, 7 de julio de 2009

Carta imaginaria de José Artigas al Presidente de Paraguay

LA PATRIA DEL PADRE

Ibiray, enero de 1845

Señor Presidente del Paraguay

Don Carlos Antonio López

Excelentísimo Señor.

Mi estimado amigo.

Aquí me encuentro en la empresa que me ha encomendado. Estoy viejo. Pero la gratitud impera sobre mis fuerzas y estoy compelido a escribir, según su pedido. Sabe bien que ya no gusto de escribir cartas, no veo mucho y por cierto me canso. Antaño las mandaba escribir por doquier y las dictaba de a dos y tres juntas. Los cabildos necesitaban instrucciones, los países hermanos comunicación y los enemigos presencia. Las cartas eran interminables como los asados de Purificación que se renovaban al son de los comensales que también eran interminables. Me haya gustado o no siempre tuve que escribir y a medida que mis responsabilidades me lo exigieron ya no había forma de escapar de ello. Mi primaria instrucción fue provocada a su máxima expresión a medida que mis responsabilidades aumentaban. Y ciertamente aumentaba el esclarecimiento de mis lecturas políticas que acrecentaban en la misma proporción. Debo reconocer, nobleza obliga, que contaba con brillantes secretarios para tan engorrosa misión. Miguel Barreiro, el ex Fraile Monterroso y el padre Larrañaga entre tantos. Su prosa hizo que mi pensamiento fluyera a la altura de las circunstancias y acorde a la diplomacia. Humildemente, la inspiración nunca me abandonó y aunque viejo aquí estoy, para cumplir con su encargo. Como un soldado, nunca deje de serlo, estoy para corresponder su generosidad que ha sido mucha.

Cuando ingresé al Paraguay, en septiembre de 1820, el dictador Gaspar de Francia, me encarceló en un Monasterio y, a mi pedido, me llevó a San Isidro de Curuguaty, como bien sabe usted. No dejó que nada me faltase, por cierto. Cuando acaeció su muerte, fui engrillado y puesto preso. Cuando usted asumió el gobierno por el año de 1841, yo llevaba más de veinticinco años arrancándole el pan a la tierra. Usted me ofrece libertad y que yo disponga como quiera de mi vida. Y me ofrece –como si fuera poco– que revista con el cargo de general en el ejército paraguayo. Su reconocimiento ha sido enorme. Ante mi negativa, me ha ofrecido vivir aquí en sus fincas de Ibiray. Aquí en su casa estoy. Razón, como le decía, suficiente para corresponder, no solo a su generosidad, sino también a su curiosidad, que entiendo me honra. ¿Qué puede ofrecerle a su excelencia este viejo de sus pesares?

Usted me pregunta sin vueltas y sin rodeos, porqué estoy en el Paraguay. Qué me trajo y qué me tiene atado aquí siendo que su voluntad respeta la mía dejándome libre para lo que desee. Cuántas respuestas vienen a mi mente, sobre todo cuántas veces me lo he preguntado. No hay día de mi vida que no me lo pregunte. Es una necesidad preguntar por mi destino al menos para saber que todavía en parte depende de mí y aun sigo eligiendo.

FORO ARTIGUISTA ENTRERRIANO-Leer Completo