BUENOS AIRES.- El debate legislativo que desembocará en la segura aprobación de la ley de Presupuesto 2010 -sin modificar una coma, como marca la costumbre- vuelve a plantear las discusiones sobre lo que es y lo que debe ser eso que alguien que no conocía las decisiones administrativas alguna vez llamó "ley de leyes".
En un presupuesto debería quedar perfectamente establecido cuánto se va a gastar en cada una de las áreas de la administración, cuánto se destinará al pago de la deuda pública, cuánto se va a transferir a las provincias y sectores privados (incluyendo en este rubro no sólo a empresas, sino a la infinidad de sectores no gubernamentales) y, en el punto que más indagan tanto los críticos como los partidarios del gobierno de turno, qué sectores ganan y pierden en la evolución del reparto del gasto de un año al otro. Un reparto que involucra desde la relación con el Club de París hasta los techos de las escuelas.
Eso es lo que debería ocurrir. Y algunos actúan como si en verdad ocurriera. Pero la historia argentina demuestra que, al menos en lo que al Presupuesto se refiere, la distancia entre el ser y el deber ser es inconmensurable.
La Gaceta-18/10-Debate-Leer Completo
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