
Parecía que estábamos preparados para cualquier cosa: granizo, nieve, heladas, inundaciones, falta de gas, cortes de luz, falta de agua, lluvia de meteoritos, invasiones de seres de otros planetas, escasez de combustible y sigue la lista. Con los años, los argentinos –y en particular los porteños– nos fuimos acostumbrando a la idea de que cualquier cosa –la más insólita, la más disparatada– podía llegar a ocurrir. Fue así que tomamos las precauciones del caso: seguros contra granizo, grupos electrógenos, filtros de agua potable, cocinas eléctricas, automóviles a gas, lámparas a pila y toda clase de remedios y sucedáneos capaces de hacer frente a cualquier eventual crisis.Pero por más capacidad de inventiva para los desastres que hayamos desarrollado, la posibilidad de que la ciudad estuviera sumida en una gran nube tóxica de humo, con lluvia de cenizas y que todo esto provocara el cierre de todas las vías de acceso –y, lo que es más importante, de salida– de Buenos Aires, no cabía ni en la cabeza de Héctor Oesterheld escribiendo su versión más apocalíptica de El Eternauta. Hoy el nombre Buenos Aires parece una ironía del destino: el humo hace que a estos aires no sólo no sean nada buenos sino, por el contrario, sean absolutamente irrespirables.
la noticia desconcertó a todo el mundo, excepto a los vendedores de barbijos, que rápidamente salieron a hacer su diferencia.
Barcelona-Leer
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