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domingo, 13 de diciembre de 2009

Las bondades intrínsecas de un Cuaderno escrito en las cárceles fascistas italianas tras la segunda hemoptisis.

Comunicación presentada al Congreso Internacional “Gramsci y la sociedad intercultural”. Universitat Pompeu Fabra (Barcelona), 3-5 de diciembre de 2009.


Para Jordi Mir, un joven gramsciano que apenas se esfuerza en serlo. Tiene a Gramsci en su interior.


Nadie ha hecho tanto por el conocimiento de Gramsci en España como el filósofo Manuel Sacristán”. Así iniciaba Francisco Fernández Buey uno de sus imprescindibles escritos sobre el autor de los Quaderni y el que fuera su traductor y antólogo [1]. De todos los clásicos marxistas de tercera generación, proseguía el autor de Por una universidad democrática, “la ocupación de Sacristán con Gramsci fue la más constante y también la más problemática”. A vértices de esta ocupación, que entroncan con uno de las preocupaciones centrales del revolucinario sardo, la autonomía cultural de las clases conducidas a la subalternidad social, quería referirme brevemente. El proceso de Antonio Gramsci estaba destinado a destruir al hombre, como redondamente lo dijo el fiscal Michele Isgrò: "Hemos de impedir funcionar a este cerebro durante veinte años". Por ello, señalaba Manuel Sacristán (1925-1985) en el que fuera su último escrito largo, su presentación [2] del undécimo cuaderno traducido al castellano por el helenista Miguel Candel [3], los Cuadernos de la cárcel no valían sólo por su contenido ni tampoco sólo por su contenido y por su hermosa lengua, serena y precisa. Valían también, apuntaba el autor de El orden y el tiempo, como símbolos de la resistencia a la opresión, el aislamiento y la muerte que procuraban sus torturadores de un "cerebro" excepcional. El que en condiciones que le causaron pronto un agudo estado patológico, Gramsci escribiera una obra no sólo llamada a influir en varias generaciones de socialistas, sino también, y ante todo, remarcaba Sacristán, rica en bondades intrínsecas, era toda una hazaña inverosímil, y los Cuadernos eran un monumento a esa gesta. Aquilatar, ampliar si fuera el caso, las bondades intrínsecas apuntadas por Sacristán es la finalidad básica de esta comunicación.

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