–¿No damos cátedra?
–Sí. Ese ha sido el nombre que hemos querido darnos, hace ya más de un año. Pero antes de ponernos a explicar el por qué de éste, quisiéramos acercarles una pregunta, que es también un problema, que aún hoy nos inquieta y nos reclama seguir pensando: ¿es posible hacer experiencia de otros modos de producción de conocimiento no parcelados por la máquina-academia? Decimos que la academia es una máquina que opera cercando las tierras comunales del intelecto. De la misma forma en que el trabajo vivo produce a su opuesto –el capital, trabajo muerto acumulado-, la academia se nos aparece como la privatización de la inteligencia del común. Esta mercantilización requiere, asimismo, que la máquina produzca la escasez de su producto, es decir, que recorte de entre un inagotable fondo –sin fondo- de saberes comunes, una propiedad plena de sabiduría. La certificación académica, el anhelado título, compondrá así con el capital una perfecta máquina: soportará una dominación basada en el principio de la desigualdad de las inteligencias. El mando del capital sabrá vestirse así con los ropajes de la racionalidad y/o de la naturaleza. En todas partes no habrá ya más que ordenamiento policial de los cuerpos –ese mal hábito de la/s jerarquía/s-; a cada cual le corresponderá, pues, hacerse del lugar que le ha sido asignado como propio en el reparto, ocuparse de lo suyo. Estudiante será quien sepa consagrarse a la servidumbre.

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