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martes, 12 de enero de 2010

Avatar en casa


 Avatar no es una película para niños. Aunque James Cameron haya rebajado el contenido político de la cinta y haya camuflado de épica animada la historia, subyacen denuncias concretas a este momento histórico, a la manera de gestionar este planeta y también a la manera de relacionarnos. La crítica al militarismo y al ejercicio del poder armado o corporativo es evidente. No todo es plata, no se puede contentar a unas comunidades afectadas por la angurria ajena conun par de escuelas o llevándoles “la civilización”. Tenemos una guerra similar a la que se libra en Avatar sobre territorio panameño

Compañías gigantes, mineras o hidroeléctricas –incluso turísticas– que quieren rasgar la tierra, herirla de muerte en busca de minerales o para saciar la infinita necesidad de energía y placer de los que tienen dinero.

A las comunidades afectadas –léase las gentes que rodean Petaquilla, los vecinos de Chan 75, las comunidades cercanas a Cerro Chorcha o las de Bocas del Toro– son vistas por los empresarios y por nuestros políticos como unos Na'vi cualquiera: seres atrasados y supersticiosos, que no gustan de trabajar y que viven de forma poco civilizada.

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