en los entresijos de una historia no resuelta
Una de las necesidades intelectuales de los últimos tiempos fue -y es- replicar con no pocos esfuerzos la des-teorización de la historia, impuesta como paradigma excluyente de cientificidad a partir de los ’90 desde los centros hegemónicos del saber. Los resultados de ese traslado del “pensamiento único” al campo de la investigación histórica, fueron y son relatos estériles, presentados con garantías de “objetividad”. Como afirma Reyna Pastor, “esto ha llevado a una manera de estudiar la historia de una manera aséptica y a-social, una línea continua, ascendente, sin conflictos, que nos conduce a ese estado sublime que es el capitalismo hoy” 1
Este proceso abarcó en realidad a todas las ciencias sociales, mientras que el mundo de la palabra, esto es los escritores -su insularidad o su compromiso social-, la industria del libro, etc., tampoco resultó ajeno a este tipo de influencias. La literatura, en su especificidad, registra a su vez antecedentes segmentadores. Entre el relato de ficción y el relato histórico se habían levantado barreras cuya demolición fue una de las preocupaciones de Roland Barthes, quien tomó nota de que “el lenguaje neutro, ‘objetivo’, produce la ilusión de que la historia se cuenta sola”. Y no es así. “La historia siempre quedará como un relato” 2, fue su síntesis. Por ejemplo, “Galileo Galilei” de Bertolt Brecht, “Facundo. Civilización y Barbarie en las Pampas Argentinas” de Domingo F. Sarmiento, “El siglo de las luces” de Alejo Carpentier, ¿pueden ser “medidos” desde el rigor técnico de la “objetividad”?
Desde una supuesta profesionalidad, hay quienes niegan que se puedan establecer enlaces activos, motivadores, entre las luchas del presente y las del pasado. Nuestro propósito, en cambio, es atisbar el vasto campo de las subjetividades -afines o bien en colisión- que suscita Mayo en escritores e historiadores. Este énfasis en la subjetividad no es casual. Responde a la necesidad de revalorizar la teoría no sólo en la investigación sino como terreno al que se puede acceder en espacios extra-académicos. Existe una tendencia a reivindicar la práctica ingenua, en la creencia de que la realidad se deja leer con más fidelidad cuanto menos carga teórica o conceptual está involucrada.
Algunas de las preguntas orientadoras de este trabajo apuntan a explorar si en el fragor de la revolución se engendraron palabras que reflejaran la real dimensión de los cambios que sus autores estaban viviendo. A partir de conocer esas primeras vivencias trasladadas a un lenguaje, la indagación prosigue con los sentidos que fueron y son adjudicados a Mayo a la hora de legitimar ideas contemporáneas a él.
En esta última línea, en forma concisa, el texto ensaya un avance en el conocimiento de qué analogías con el hoy buscan los que analizan la base social que alumbró a Mayo. También qué afinidades con el presente tienen los que niegan y los que afirman que puede haber revolución sin revolucionarios, en fin, los que exaltan a los conciliadores o a los implacables de ayer y de siempre.
o al fondo de la imprenta con una blusa manchada
Una forma de empezar, entonces, es preguntarnos si hubo escritores que viviendo el estruendo de Mayo, lo asumieron desde la conciencia y desde las letras; si habrán percibido que en el destino de la Revolución se entramaban dos alas antagónicas; si puede juzgárseles en función del camino elegido frente a ese dilema, como al compromiso de sus colegas doscientos años después.
Hay señales de que entre los partícipes de Mayo no hubo escritores con vocación literaria, sino que la misma algidez de los hechos buscó y encontró plumas afines a los ideales en pugna. La prosa militante habitó en periódicos efímeros y hojas volanderas, con predominio de una lírica patriótica que cantaba a los nuevos héroes.
Esteban de Luca fue autor de la primera exaltación independentista, en formato de “Marcha Patriótica” que convoca “La América toda…a la lid tremenda” y con ello observamos en matriz literaria una de las dimensiones más ocultadas por la historia oficial: el americanismo que animaba a los más decididos de Mayo, la conciencia de la unidad subcontinental para enfrentar a viejos y nuevos colonialismos. Pese a que esa enjundia se cobijó en trabajos de este tipo, quizás haya sido en otros más informales donde encontraron mayor continuidad tanto la exaltación americana como el vigor revolucionario. Veamos dos fragmentos de cielitos
El cielo de las victorias
Vamos al cielo, paisanos,
Porque cantando el cielito
Somos más americanos
El autor de ambos, Bartolomé Hidalgo, oriental y combatiente junto a Artigas, llegó a Buenos Aires en 1818 tras la invasión portuguesa a la Banda Oriental y fue factor determinante para instalar en estas orillas una poesía popular gauchesca3.
Podemos nombrar escritores conocidos en su época como –entre otros- el mismo Esteban de Luca, Cayetano Rodríguez, Juan Ramón Rojas, Vicente López y Planes y Juan Cruz Varela, quizás la figura de mayor relieve, aunque es ubicado en una segunda promoción junto a su hermano Florencio, Manuel Belgrano, sobrino de su homónimo y Juan Crisóstomo Lafinur.
Pese a esta somera enumeración de plumas, durante décadas se vivió una prolongación espiritual de la colonia en el terreno de las artes. Es decir que salvo estos brotes populares, no hubo estéticamente nada nuevo y es notable observar la avidez con que fueron absorbidas las ideologías racionalistas y enciclopedistas, en tanto que la lírica francesa e inglesa no tuvo una recepción tan inmediata. De ahí “los desconciertos entre forma y fondo” 4 advertidos en muchos poemas de esa etapa iniciática de las letras argentinas.
para cada presente que no se reconozca en ella
Los hechos de Mayo fueron y son interpretados de tantas maneras como tantas han sido y son las búsquedas de consenso hacia ideas, programas, órdenes y desórdenes. Podemos continuar, entonces, con una breve incursión histórica en esa diversidad de legitimaciones y el rol de la literatura en esas especulaciones.
Esteban Echeverría y los jóvenes de la Asociación de Mayo escribieron textos fundantes de la literatura argentina, tributando a su presente político signado por el rosismo. Para ello, acudieron a una doble identificación: con Mayo, proclamándose herederos y, ahora sí, con el mundo literario europeo, particularmente francés 5. También Juan B. Alberdi se remitió a la misma simbología para encontrar respaldos a su lucha contra Juan Manuel de Rosas, quien, por su parte, había interpretado a Mayo como “un acto de fidelidad y lealtad a la nación española y a su desgraciado monarca”, en palabras de Milcíades Peña 6. A una similar interpretación arribó Andrés Rivera, para quien “El brigadier, que no militó en los ejércitos de la independencia, exaltó, no sin melancolía, los apacibles días que precedieron al 25 de Mayo de 1810” 7
Con explícito énfasis legitimador, Mitre relató una historia de 1810 que buscaba -y logró- levantar bronces equivalentes para los héroes de su clase y de su época. En esa misma línea liberal, no resulta aventurado afirmar que la mayor manifestación de citas y expresiones iconográficas de la Revolución de Mayo se produjo durante el Centenario. En 1910 y años cercanos, los textos, rituales y obras artísticas llevaban la misma intencionalidad ideológica: internalizar en la conciencia social los principios e ideas de la elite gobernante y en posesión del poder.
Desde 1930 y siguiendo el pensamiento de Leopoldo Lugones, “La hora de la espada” buscó también su lugar en las imágenes de Mayo 8. Fueron entonces el ejército, la familia -definición y terreno de la iglesia- y el gaucho los que ocuparon, en la literatura y en las celebraciones, una nueva forma de expresar el imaginario oficial. Claro que el gaucho no era concebido como un sujeto social sino como un estereotipo ficticio, sobre todo la imagen de un campo sin conflictos.
Otra de las concepciones del mismo cortejo llevaba a simpatizar con el orden hispánico, pero ante la evidente contradicción que supondría exaltar el orden colonial y al mismo tiempo la revolución de Mayo, aceptó la versión mitrista. Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast) fue uno de los sostenedores de esta corriente que, ante la necesidad de introducir matices funcionales, atribuyó el rol protagónico al ejército y en especial a Saavedra, opacando la figura del “jacobino” Mariano Moreno.
Las búsquedas legitimadoras, como puede observarse, se han extendido en el transcurso de doscientos años y, podemos agregar, no reconocen fronteras. José Carlos Mariátegui adjudicó a los pueblos de la América española una misma dirección, destinos históricos solidarios. Esa “matriz única” lo llevó a encontrar en gestas emancipadoras, con un siglo de distancia entre ellas, una conciencia revolucionaria que se va desenvolviendo. Momentos de un mismo proceso dialéctico. . “Ahora como entonces…la emoción revolucionaria da unidad”, señaló el Amauta para vincular las independencias americanas de España con la Revolución Mejicana 9.
En esa misma traza libertaria, si nos instalamos en nuestros desasosiegos de hoy, la pregunta es ¿A qué se alude cuando se dice 25 de Mayo? En respuesta, Andrés Rivera enumera actos escolares rutinarios, calles y monumentos que concilian a enemigos irreconciliables y a otras posesiones de las historias oficiales. “Pero también a la utopía, y a los que todavía no desisten de ella” 10, agrega con la necesidad y la urgencia de convocar a la esperanza.
…no sólo por el fusilamiento de Liniers y de los jefes godos,
sino por el otorgamiento del uso del don a los esclavos
Partimos de la hipótesis de que las preguntas más relevantes a Mayo forman parte de las intrigas de interpelar los presentes. Pues bien, otro de los nudos no fáciles de desatar y que ocupa la atención de investigadores y escritores es la base social que alumbró la Revolución de Mayo, uno de esos temas enraizados en la necesidad de definir qué sujeto social debería encabezar las transformaciones hoy.
La posición central de Norberto Galasso es que los antagonistas de 1810 no fueron americanos probritánicos contra españoles, sino españoles, criollos y mestizos …influidos por las banderas democráticas desplegadas en Francia (1789) y España (1808). A su juicio, fueron ellos quienes embistieron contra el funcionariado virreynal y sus protegidos (nobles, monopolistas, alto clero), defensores de los principios absolutistas. Entonces, no sería inicialmente revolución separatista sino democrática 11. Según Galasso, esta interpretación fue sostenida por José León Suárez, Enrique del Valle Iberlucea y Manuel Ugarte, quien afirma: “no nos levantamos contra España sino a favor de ella y contra el grupo retardatario que en uno y en otro hemisferio nos impedía vivir” 12
Si para Galasso la reivindicación inicial de Fernando VII representa una democratizadora entende americano-española, para David Viñas, en cambio, constituye una muestra de la “vertiginosa ambigüedad” con que funcionó la Primera Junta entre mayo y diciembre de 1810, “…siete meses tan acelerados como jadeantes”, agrega. Para Viñas, la “dualidad” de Moreno oscila entre el “enmascaramiento”, es decir el uso de la lealtad a Fernando VII como “máscara” para encontrar sustento en algún resquicio de la legalidad… y la firmeza hacia los enemigos 13.
Este último punto, el de la intransigencia, compartió desvelos con el rescate de esclavos para ampliar una difusa -y temerosa- base social para la revolución. Quizás más que ampliación tendríamos que hablar de búsqueda originaria pues “ausente la base social que los respaldase…los jacobinos fueron pocos, tal vez desesperados, en una tierra de vacas, contrabandistas y evasores de impuestos”, en la voz de Andrés Rivera 14.
Si con el Plan de Operaciones, Moreno disuelve su propia “ambigüedad” y se instala en lo que a David Viñas le interesa destacar, que es la coherencia revolucionaria, para Galasso tiene otras implicancias, entre ellas que el Plan de Operaciones constituye el primer intento de reemplazar a una débil burguesía por la acción del Estado. Su visión de un Estado que debería operar “por ausencia” se asienta en que una pequeña burguesía de ideología revolucionaria no podía por sí misma impulsar las nuevas relaciones de producción capitalistas 15. La conciliación de clases expresada en un Estado que sobrevuela por encima de ellas, sería entonces, ayer y hoy, una derivación de esta tesis.
Otra de las diferencias con esta postura tiene por sujeto al historiador marxista Eduardo Azcuy Ameghino, quien sí define a la Revolución de Mayo como anticolonial e independentista, aunque no social. La causa es que el régimen socioeconómico existente en las minas, estancias, obrajes y campos no sufrió cambios de fondo. En esta tesis no se observa un nuevo Estado sino la ruptura parcial del antiguo, ya que la revolución anticolonial terminó encabezada y dirigida por la aristocracia mercantil-terrateniente, cuyos intereses apuntaban a remover la sujeción colonial pero no a transformar la sociedad 16.
Esta línea de pensamiento tiene sus antecedentes en Mariátegui, para quien la “generación libertadora” opuso a España “un frente único continental”. En su opinión, no engendraron nacionalismos sino un ideal americanista, que fue precisamente lo abandonado. Podríamos esbozar tal ideal como una energía que conjuga necesidades históricas y motivaciones racionales con contenidos emocionales y mitológicos, todo ello “superior a la realidad contingente” 17.
que fueran implacables
En numerosos análisis de las historias oficiales, subyace la afirmación de que los patriotas de Mayo “hicieron la revolución sin saberlo”, lo que para Eduardo Azcuy Ameghino se transforma en la negación de la existencia de una voluntad de independencia previa a su realización 18. Se subestima de esta manera, y no es fortuito, el papel de los hombres decididos a la acción revolucionaria. La idea de una revolución sin revolucionarios equivale a decir -para el pasado y el presente- que no se puede ir más allá de administrar lo que ocurriría de todos modos. Esta permanente adaptación a determinaciones externas supone un paradigma del conformismo al que no se ajustaron, claro está, Moreno, Castelli y Artigas.
Azcuy Ameghino interroga: ¿Cuál es el mensaje para las generaciones actuales, si los hombres y mujeres que protagonizaron el único hecho auténticamente revolucionario de la historia argentina...“hicieron la revolución sin saberlo”? La afirmación que incuba esta pregunta encuentra en David Viñas palabras coincidentes al considerar a Moreno no como un héroe individual sino un “emergente grupal”, el “fermento” o el gran sintetizador del grupo dispuesto a no negociar el destino 19.
Entonces, si no conciliaron ¿qué hicieron?, se pregunta Andrés Rivera. Y se responde: “…trazaron, en la penumbra de la clandestinidad, un plan de operaciones…; colgaron de un poste a Martín de Álzaga y fusilaron a Santiago de Liniers…; fundaron regimientos; liberaron esclavos, pardos y morenos, y con ellos conocieron la derrota y triunfaron sobre los ejércitos monárquicos. Y, llegado el momento, no rehusaron ser implacables” .20
Y siguen las bicentenarias preguntas: “¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad?, ¿Por qué, con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionan la utopía?”. Estos mismos interrogantes que Andrés Rivera instala en Castelli desde la literatura, nos conducen a dimensionar el esfuerzo de historiadores y escritores por desentrañar los dilemas, las contradicciones, que engendra toda transformación social. Tal empeño parece seguir el camino trazado por el historiador inglés Perry Anderson cuando afirma: “quienes desean transformar sus propias realidades ahora, tienen todos los motivos para preguntarse qué tipo de opciones realistas y qué gama de elecciones factibles, afrontaron aquellos que les precedieron” 21.
Podemos confrontar esta postura con Jacques Revel, para quien “el relato es inseparable del sentido con que el historiador pretende engendrar su historia” 22. Y nos preguntamos, qué mayor sentido que el que Raúl González Tuñón arroja cuando predice que Mariano Moreno “…en nosotros prolonga su estirpe jacobina” 23.
Como vemos, la carga ideológica que porta todo sentido hace que investigadores, ensayistas y escritores polemicen sobre estos temas de igual a igual. Lo hacen porque comparten al mismo tiempo otra instancia de la misma subjetividad: la porfía acerca de cómo debería ser nuestra realidad. Estamos hablando de la “batalla de las ideas”, en la que no se privó de intervenir Juan L Ortiz, reconciliando -como la naciente copla popular en días de independencia- historia y poesía en clave de utopías:
Mayo sigue siendo una gran responsabilidad para quienes sienten que la patria es una cosa en marcha que nos exige cada día mayores sacrificios, un sentimiento de continuidad histórica…sobre una perspectiva ilimitada de justicia y belleza para todos24.
Bibliografía
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