Gloria Muñoz desanduvo los pasillos de la Casa de las Américas cual senderos de la Selva Lacandona, subió y bajó escaleras como si atravesara comunidades indígenas y luego desapareció, quizás en la misma bruma que resguarda a los zapatistas en Chiapas. Pero los días que estuvo en La Habana alcanzaron para conversar sobre la invitación a participar en Casa Tomada, II Encuentro de Jóvenes Artistas y Escritores de América Latina y el Caribe, y para conocer de cerca su experiencia de vida en las comunidades zapatistas, en las que habitó casi ocho años.
«El acontecimiento previo a esta invitación de la Casa de las Américas, es el Premio José Martí que me dan en el 2005 por un trabajo sobre la autonomía en las comunidades indígenas zapatistas», recuerda Gloria. «Esta fue la primera sorpresa, porque yo tenía muy poco conocimiento del interés que pudiera generar el zapatismo en Cuba. El hecho de que premiaran un trabajo sobre el movimiento zapatista para mí ya era una sorpresa, y que fuera mío, pues mucho más todavía», sonríe la periodista mexicana.
La frase de Gloria despierta memorias, la cuenta de los años regresa y sobrevuela dos décadas, cuando el desplome del socialismo eurasiático provocó un desconcierto en la izquierda mundial y aquellos que mantuvieron la esperanza se preguntaban dónde renacería la utopía. Poco tiempo después apareció una respuesta en la mitad del continente americano: el mismo día que México se disponía a entrar en el primer mundo —publicidad que antecedió a la firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y Canadá el primero de enero de 1994—, el país de Zapata y Villa amaneció con una rebelión protagonizada por un ejército de miles de indígenas que tomaron siete cabeceras municipales del estado de Chiapas.
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