ANRED

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Red Nacional de Medios Alternativos

domingo, 10 de abril de 2011

El dolor de Mishima

Ya no quiero el premio Nobel y tampoco necesito

puesto honorario alguno. No es época de desear cosas así”

YUKIO MISHIMA



..."No deberíamos haber usado jamás esa energía.

No la dominamos del todo. Nos ha faltado cerebro",

coincide Yukuko Kosia, una mujer que lagrimea cuando,

en la pantalla del televisor, ve a sus compatriotas morirse

de frío...
Hiroshima, otra vez de cara al horror
La Nación-18/3



Confieso que, desde que ví las primeras imágenes de la tragedia desembocada por el tsunami primero, y por la catástrofe radioactiva después en Japón, no pude dejar de pensar en aquel mensaje final de Yukio Mishima, ese gran escritor japonés que comprometido a su manera con la afirmación de la cultura nacional nipona e indignado por el devenir -decadente para él- capitalista y occidental de su país, se suicidó en un cuartel militar del Japón, luego de intentar una arenga imposible a unos soldados que, incluso y según cuenta la leyenda histórica y literaria, le arrojaron latas de Coca Cola.


Ese grito de dolor que retumba, y más que nunca, hasta nuestros días, se dió el 25 de Noviembre de 1970. Mishima concreta una decisión política que venía perfilando hace tiempo, y lo hace con el ritual samurái del seppuku, que aquí llamamos vulgarmente harakiri. Lo hace junto a un grupo de discípulos, uno de los cuales completó el hecho político cortándole la cabeza al maestro, ya que éste sangraba y no terminaba de morir después de realizar la autoejecución.


Japón, el Japón aburguesado y occidentalizado, era el dolor de Mishima: ese dolor profundo que incluso se resistía increíble y paradójicamente a la muerte buscada. Ese Japón, éste Japón, éste mundo, era el dolor de Mishima, como de tantos otros. Otros escritores, como su contemporáneo Josamu Dazai y como su maestro y amigo, Yasunari Kawabata lo habían hecho antes y lo hicieron después. Parecía que la cultura japonesa, la cultura profunda, nacional, no tenía otro destino que el suicidio frente a una sociedad que, después de lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial, había elegido el camino del progreso capitalista a la manera occidental y compitiendo aceleradamente con ella.


Tal vez el último samurai, el último de los antiguos samurais, haya sido Mishima y no el Tom Cruise de la película, que no deja de ser interesante como ilustradora del camino supuestamente modernizador que elige Japón después de la Revolución Meiji en 1868, donde las elites del poder de Japón abandonan tanto el feudalismo como la cultura de los samurais, para entrar en la era del capitalismo, que profundizarán después de la derrota militar en 1945.


El incivil maestro Mishima toma el cuartel con sus compañeros y se suicida. En su arenga habla de fidelidad al emperador: era su forma de enfrentar la entrega y la decadencia, y esa forma sangró y sangró hasta perder la cabeza. La ética política samurai no pudo ir más allá de los límites instituídos: la cultura nacional no supera las lógicas del poder y se suicida desesperada con el grito de digna rabia que surge de su propia contradicción.


Pero en la sangre de Mishima, en el dolor de Mishima, en el grito del samurai, había una exigencia de buen vivir. Tal vez la tragedia contemporánea nipona empezó cuando se produjo aquel desencuentro entre aquella Sociedad del Escudo de Mishima y los estudiantes universitarios japoneses de izquierda: el país de Oriente no pudo articular una síntesis cultural y política anticapitalista liberadora y siguió camino a Fukushima.


En nuestros pagos, don José Artigas nos proponía caminar con los dos pies, tratando de ser tan ilustrados como valientes. Y al día de hoy que, a las culturas originarias (pluri) nacionales les sigue costando darse un abrazo en la lucha con la filosofía política socialista revolucionaria, y viceversa.


Nos ha faltado cerebro” dice, nada más ni nada menos, una ciudadana japonesa llorando tal vez, en 2011, las lágrimas, la sangre y el dolor de Mishima. Los japoneses, algunos japoneses, empiezan a descubrir en medio de las tremendas imágenes de la tragedia, que información y datos no son conocimiento y que pensar no es saber. El espíritu del maestro Mishima, como el de tantos otros, se mezcla probablemente entre esos japoneses que hoy se movilizan tristes, derrotados y angustiados, contra la energía nuclear y por un vivir mejor, que tal vez algún día sea buen vivir, como también empieza a pelearse por acá.


Pelear duro, pero pelear por el emperador, fue tan suicida para aquellos samurais como para nuestros gauchos pelear por el federalismo con Urquiza en Pavón. Las culturas populares mueren de la mano de los grupos de poder y siguiendo las ideologías y las políticas de las clases dominantes.


Pero la historia nunca termina, mal que le pese a algunos. En la cultura, en el arte, en la literatura, en la poesía, en el cine, en las calles, en las rutas y en los puentes se siguieron y se seguirán desarrollando, cada vez más, las luchas por un vivir mejor y después, por un buen vivir. Con la espada, la lanza, el pensamiento y el cuerpo: de Lopez Jordán al maravilloso e imperdible Zatoichi del cine japonés -el implacable samurai ciego justiciero-, de los nipones de hoy marchando contra la política nuclear en la calle a los verdes europeos, de los movimientos sociales y las confederaciones de naciones indígenas de Nuestra América a las luchas contra el Round Up y el abrazo al puente en Gualeguaychú.


Con bronca y con dolor, como Mishima, pero tratando de no cometer suicidios políticos. Igual, el mal acecha. El desafío es ser lúcidos y fuertes.


Mauricio Castaldo

María Grande, Entre Ríos

10/4/2011

mauriciocastaldo@gmail.com


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