ANRED

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Red Nacional de Medios Alternativos

sábado, 16 de julio de 2011

Y URANGA QUEDÓ PAGANDO


La abuela Blanca no tenía reveses


Por calle Moreno, Blanca vió venir a Uranga y su comitiva



“…Blanca es la primera hija de Clara y Esteban. Ella pasó su vida entre la Casa de la Esquina de la Capital y la Hacienda "Las Tres Marías", donde entablaría un gran amor con el pequeño Pedro Tercero García, que duraría hasta que ella se ve obligada a asistir a un internado para señoritas…”

Sobre LA CASA DE LOS ESPÍRITUS de

Isabel Allende – Wikipedia



A Blanca, con cariño y con justicia.

Gracias por las tortitas negras.


NO SE LO TOMABA CON SODA

La historia que refiero sucedió en Seguí, en el Paraná Campaña, a principios de los ´60, más precisamente el 28 de Enero de 1961, y me la contó mi madre, testigo presencial del hecho. Mi abuela Blanca, la mamá de mi mamá, dejó pagando al gobernador Uranga, al mentor y padre del Túnel Sufluvial, en la época de pleno auge del desarrollismo y del frondicismo, del que el propio Uranga fue indudable expresión.

En Seguí se inauguraba la sucursal local del Banco de Entre Ríos, y esto, para el pequeño pueblo de callecitas de tierra era un acontecimiento político y social. Gobernaba la UCRI, la Unión Cívica Radical Intransigente, que era la corriente radical nacional conducida por Frondizi, Alende y Frigerio que promovía un entendimiento a su manera con el peronismo proscripto y una “apertura” a las “inversiones” extranjeras y a las grandes obras para generar el desarrollo económico y social que, supuestamente por ellos, los argentinos no podíamos generar por nosotros mismos. Del otro lado estaban los radicales del pueblo, caracterizados en esa época como fuertemente antiperonistas. Y más allá, en las sombras del poder, la amenaza militar.

Gregorio “Goyo” Battisti era el caudillo político del pueblo desde hacía tiempo. Como dirigente radical, fue el primer intendente del Municipio de Seguí creado en 1948. Y gobernó durante muchos años, más allá de los gobiernos nacionales y provinciales que pasaran, gobernó el pueblo que lleva el nombre del secretario de Urquiza hasta 1957. Y en medio de la fuerte conflictividad política y social de la Argentina de esos años, Goyo se embarcó con Uranga y Frondizi en la UCRI y siguió extendiendo su influencia política: en el ´58 pasó a ser senador provincial con el gobierno de esa fuerza, que llegó al poder con los votos prestados del peronismo, pero para Goyo eso era lo de menos, porque él era y sería, más allá de esas circunstancias, el referente político de su pueblo. Política en Seguí se decía Goyo Battisti, quién lo iba a discutir.

Se inauguraba el Banco de Entre Ríos, era un día histórico para el progreso y el desarrollo del pueblo, y junto a las autoridades locales vinieron a cortar la cinta el senador provincial –por supuesto- y el gobernador. El local del Banco quedaba a pocos metros de dónde hoy se ubica el Club Belgrano, en la calle cercana al ferrocarril –en esa época pasaba el tren y era una de las alegrías de los gurises y de la gente-, una calle que hoy precisamente se llama Gregorio Battisti, aunque el Banco ahora se ubica más al centro del pueblo.

El acto fue importante, lo mismo que la comilona y el vino que se tomó ese mediodía. En un momento, entre las tres y las cuatro de la tarde –hora de la siesta para los pueblos que muchas veces el vino político olvida- alguien del acto-almuerzo propone recorrer el pueblo y saludar a la gente. El Banco inaugurado quedaba a una cuadra y media de lo de Blanca, de lo de la sodería de doña Blanca Pianello y de su esposo, mi abuelo Jaroslav Josefik. Y Blanca estaba justo trabajando, y hacía mucho calor, y Blanca tenía su carácter, y no le gustaban mucho los políticos, y encima con ese Uranga tenía un entripado que venía desde hacía tiempo.

La numerosa comitiva salió caminando alegremente y dobló en la esquina –como haciendo una ele- para agarrar por calle Mariano Moreno. La sodería y la casa de Blanca estaban a cien metros, en la esquina de Moreno e Independencia, donde hoy mi mamá corta el pelo, tiñe, hace la base, conversa y discute, en ese lugar que pocos saben que es histórico. A Goyo se le ocurrió mostrarle las “industrias” del pueblo al ilustre gobernador y enfocó para la sodería de Blanca, cuyas puertas, como siempre, estaban abiertas.

Desde que se había casado, la vida de Blanca era una vida de trabajo y sacrificio junto a su esposo, y sus hijos, que trabajaban desde chicos con ellos a la par. En ese momento, y como todos los días, y sin horarios, Blanca estaba haciendo soda, ayudada por su hija, la Olga –mi mamá- que se responsabilizaba de ordenar los cajones con los sifones llenos contra la pared.

La comitiva ya estaba a media cuadra, más o menos, y Blanca -ubicada en el centro de una piecita que sigue siendo de tres metros por cinco- va a bajar la palanca que cargaba el sifón y los ve venir. Era la historia que venía caminando por calle Moreno, era Uranga, nada más ni nada menos que el Dr. Raúl Lucio Uranga, el gobernador de Entre Ríos –que capaz que entre vino y vino soñaba y brindaba por ese Túnel que “sacaría a los entrerrianos del aislamiento y del barro”, y que empezaron a construir precisamente en 1961-, pero eso a Blanca pareció no importarle mucho, porque con mucha bronca y despectivamente le dijo a su hija: “Mirá, allá vienen los perros sarnosos”.

La Olga estaba entrando en la adolescencia, pero era una adolescencia de trabajo, una adolescencia y juventud de pueblo, una adolescencia diferente a las de ahora, una adolescencia y una juventud que te forman y te endurecen tanto como te desgastan –eso, de todas maneras no le impidió ser Reina del Carnaval del Seguí FBC cuatro años después-. Y no entendía mucho las palabras de Blanca, pero en su sorpresa y su curiosidad, se asomó a la puerta y los vió que ya estaban cerca.

La gurisa intuyó que el ambiente se iba a complicar, y se retiró un par de pasos hacia atrás, hacia las puertitas de madera que conectaban la sodería con la siguiente habitación, y que todavía están allí, testigos del tiempo y de la historia.

UNA CASA CON ESPÍRITU

Blanca Pianello se había criado en cuna de oro. Su nombre ya es, desde hace algún tiempo, un nombre latinoamericano y con espíritu. Otras Blancas tuvieron historias parecidas en este continente, y tal vez todas las Blancas hayan sido un poco una Blanca, como pensaría el Homero de Buenos Aires. Pero la abuela siempre fue muy particular: tomaba mate con la servidumbre a escondidas, porque eso no estaba bien visto en la estancia de los Pianello, que eran parte de la aristocracia criolla, o devenida criolla, en esta región, en el primer cuarto del siglo XX.

En esas mateadas, como en tantas otras ayer y hoy, el pueblo alegra al pueblo y educa en valores al pueblo, forjando la cultura de la entrerrianidad. A Blanca la llevaron a estudiar al Colegio Cristo Redentor en Paraná, pero su mate y su conducta fueron bien suyos hasta el final de su vida. Allí, en Paraná, en algún momento se cruzó con Jaroslav, un inmigrante que, entre otras cosas, trabajaba como chofer de los Etchevehere, que eran buenos amigos de los Pianello. Según una carta que Jaroslav le escribió a Blanca, y que su hija Olga vió a escondidas años después, parece que la había visto en un desfile patriótico de un 9 de Julio, una fecha que muchos siguen viendo hasta hoy equivocadamente en Entre Ríos como sinónimo de independencia.

Y Jaroslav quedó enamorado. El abuelo era checo –después checoslovaco, ahora diríamos de vuelta checo, porque en esa región de Europa se volvieron a formar dos países-: había nacido en la provincia checa de Moravia, en 1907 –Blanca era de 1917- y había venido a la Argentina buscando nuevos horizontes en 1928 en un período de entreguerras, un año antes de la crisis capitalista global que sacudió al mundo y le daría un cachetazo estructural al modelo agroexportador oligárquico y dependiente en Argentina. La transición a la sustitución periférica de importaciones y de algunas ideas y costumbres estaba en marcha, y Blanca y Jaroslav, como tantos otros, fueron parte de esa transición.

Jaroslav había trabajado primero en una estancia de Bahía Blanca, en una estancia cuyos propietarios eran franceses. Allí aprendió el castellano, trabajando de electricista y mecánico –era costumbre entre los varones checos tener saberes técnicos de cinco profesiones- y allí se encontró con el mate, que –como buen gringo- primero sopló en vez de chupar, provocando la carcajada de toda la peonada. Pero con el caballo no se pudieron reír, porque Jaroslav sabía andar bien a caballo y además, siempre tuvo muy buen estado.

Después Jaroslav si vino a Paraná, trabajaba y vivía en calle Almafuerte. De allí se venía a visitarla a Blanca, al campo de los Pianello, a pocos kilómetros de Seguí. Se había ganado bastante bien a su suegra, doña Encarnación Cirila Vidal, la madre de crianza de Blanca, con su buen trabajo de sastre. Para doña Encarnación cosía, pero otros trabajos parecidos los rechazaba, como por ejemplo cuando se negó en Paraná a coser trajes de militares, afirmando tajantemente que, “ropa peida no coso”.

Un día se vino a visitarla a Blanca, con el auto, con la voituré de los Etchevehere, pero sin el permiso del patrón. Apurado porque se le había hecho tarde a la vuelta, y porque siempre fue buen amigo del acelerador, no tuvo mejor suerte que tumbar el coche. Quién sabe qué excusas habrá podido poner, si es que pudo poner alguna, pero se lamentó después en una carta a Blanca –leída a escondidas años después por la Olga- sacando la conclusión casi clásica de que, “si es al pedo, cuando uno más se cuida, más le pasan las cosas”.

Se casaron en Viale, porque en Seguí no había registro civil, y la primer idea fue irse a vivir a Paraná. Pero Jaroslav decidió sólo comprar casa en Seguí, cuando iba de paso a Paraná con la plata de la parte del campo de Blanca a comprar casa a la capital. Paró en Seguí en lo de Branko Matijievicz, que justo quería vender su casa –la actual y remodelada casa de mi mamá- y ahí nomás se decidió a comprarla.

Blanca nunca le perdonó a Jaroslav esa decisión, ella quería algo mejor que esa casa tan grande como vieja y abierta. Pero allí hicieron su historia y su vida, y tuvieron cuatro hijos: Carlos, Hugo, Olga y María Elena, de los cuales hoy viven sólo las dos mujeres. A la Olga le buscó de madrina a doña Luisa Sarache, doña Luisa Enrique de Sarache, la esposa del boticario Sarache, un apellido libertario en la historia de las ideas y las luchas en esta comarca. Un Sarache está nombrado como “figura notable” de la FORA -la Federación Obrera Regional Argentina- en Seguí y en Paraná Campaña en ese libro que algún día será pilar de la soberanía pedagógica entrerriana: “Angel Borda, perfil de un libertario”, que cuenta las luchas y el aporte de ese infatigable diamantino que fuera amigo y compañero de los Sarache, “que eran medios raros, medios anarquistas”, como dijo alguien, alguna vez. Ellos pusieron en marcha, entre otras cosas, el sindicato de estibadores, cuyo legendario local hoy sigue de pié y diciendo dignidad, a pocos metros de los galpones del ferrocarril.

La casa de Blanca y Jaroslav se transformó en una casa con espíritu, un espíritu de trabajo, de sacrificio, de resistencia, de aguante, de igualdad, de frontalidad y de solidaridad. Blanca perdió cuatro hijos además de los cuatro que tuvo, y siempre siguió adelante. No andaba con vueltas con nadie, ni tampoco con Jaroslav. “Siempre fue jetona, pero de gran corazón” dicen los que nos hablan de ella y nos sonríen con ternura. Tuvo, como los buenos entrerrianos, algo de caramelo y de tigre.

En ésta casa, comían todos, comían los amigos, comía la gente de campo amiga que venía al pueblo y agrandaba la mesa, comía la Juana, que trabajó veintitrés años con Blanca. En ésta casa, había un perchero para los guardapolvos de los gurises del campo que venían a la escuela pública: siete u ocho guardapolvos esperaban a estos chicos para ir con ellos a iniciar la jornada educativa –nuestra Escuela Nro.61 queda a pocos metros, en diagonal a la casa de Blanca-, para luego volver a quedar colgados hasta el otro día. “Blanca era media socialista”, recuerda Olga hoy, pensando en la conducta, las ideas y más que nada, en la moral de su madre.

Blanca nos legó el ímpetu de la puteada contra todo lo que no nos parece justo. Puteaba a los copetudos con los que se había criado y que eran referentes de la política tradicional, en una sociedad muy desigual y estamentada, con la que no comulgó nunca. Lo puteaba fuerte a Jaroslav también, cuando le pedía hacer una cantidad de empanadas –hasta doscientas a veces- para repartir entre los peronistas, en alguna actividad política. Puteaba esa práctica política y de género, pero tenía gran respeto y admiración por Eva Perón, a la que supo escribir para pedirle una máquina de coser para doña Pancha Sosa, que tanto la necesitaba, y que recibieron por tren, con tanta alegría y satisfacción.

Blanca odiaba el alcohol, y mucho más cuando Jaroslav supo venir con algunas copitas de más. Cuenta la leyenda que después de una noche de cañas, Jaroslav cayó a la casa en su camión –el mítico Chevrolet ´47- y tocó bocina para que Blanca le abriera el galpón. Por supuesto que la abuela no lo hizo y avisó en voz alta a todos en la casa que no lo iba a hacer. Jaroslav daba vueltas con el camión y Blanca no le abría: el “polaco” –checoslovaco, corregía él- decidió –o hizo como que decidió- dejar el camión afuera y entrar por el costado de la casa, saltando un tapial que hoy es pared. Blanca lo estaba esperando con una linterna, y cuando Jaroslav osó hacer un comentario machista sobre lo que había hecho su mujer, ella le rompió la cabeza de un linternazo, afirmando el golpe con una soberana puteada.

Blanca había aguantado muchas cosas, pero había cosas que no aguantaba. La plata con la que Jaroslav había comprado ésta casa sin consultarla, era producto de la venta de la parte del campo que le había tocado después de la muerte del viejo Pianello –de su padre, José Leonidas Pianello-, y después de una larga disputa legal.

Parece que Pianello había sufrido un ataque de presión y había quedado hemipléjico, pero a pesar de haber quedado en estas condiciones, Pianello fue con su veterana madre y con algunos comedidos que nunca faltan a firmar a Paraná que cedía los derechos de la estancia y el campo a su madre y a otros interesados en el futuro, y dejaba afuera de todo a Blanca.

Cuando el viejo Pianello murió, se trabó una disputa y Blanca planteó con su abogado, el Dr. Quinodoz, la insanía del imposible firmante como parte de las irregularidades del caso, reclamando sus derechos. En medio del proceso, se aparece el abogado de la madre de Pianello para reclamar el campo: era un tal Raúl Uranga. La táctica de amedrentamiento no funcionó: Blanca sacó a patadas a Uranga y su gente de ese campo.

Al poco tiempo, el fallo favoreció a Blanca y a Quinodoz, aunque la abuela ya se había anticipado a la justicia. Y con la venta de su parte del campo llegó después la compra de esta casa, comprada inconsultamente por Jaroslav. Y ahora en ésta casa, en ésta esquina –la de Independencia y Moreno- Blanca y Uranga se volvían a cruzar.

Y URANGA QUEDÓ PAGANDO OTRA VEZ

La puerta de la sodería estaba abierta, como siempre, pero la paciencia de Blanca no tanto, y lo había anticipado con la caracterización irreverente de la comitiva política que se acercaba. Su hija Olga pensaba tierra tragame, y miraba a Blanca pensando casi sin tiempo que iba a pasar, que hacía, que iba a hacer su madre, que seguía haciendo soda…

-“Buenas tardes, Blanquita”, dijo Goyo Battisti entrando a la sodería y parado a un metro de la abuela. La comitiva quedó en la vereda y en la calle.

-“Buenas tardes”, le contestó Blanca al caudillo local, con su mejor cara de perro sin pulgas.

-“Le presento al señor gobernador”, dijo Goyo señalando a Uranga, que ya estaba adentro y estiró la mano para saludarla.

-“Ya lo conozco a ese señor”, afirmó cortante Blanca y siguió trabajando sin saludar. Uranga quedó pagando una vez más.

El silencio se cortaba con un cuchillo y todos quedaron helados mirándola. Goyo trata de salir de la situación –salvarla no, porque ya era insalvable- haciendo una despedida diplomática:

-“Bueno, vamos a dejarla trabajar”, dijo el senador.

-“Si, mejor, estoy apurada”, remató Blanca, teniendo siempre la última palabra y haciéndose respetar, con una actitud que nos interpela más que nunca, ya que, en ese tiempo y para la buena gente, las palabras y los valores se jugaban en la conducta y en los hechos.

Se me hace que el brazo de Uranga quedó estirado para siempre y capaz que el Túnel es un poco ese brazo estirado de Uranga que espera el apretón de manos de Blanca, que sería el apretón de manos del pueblo profundo, valiente y sincero. Pero el saludo no llega, porque los valores de nuestra tierra no han sido elegidos para caminar por el túnel, por las obras o por los discursos políticos de ocasión. El desarrollismo, como todas las políticas hegemónicas, plantea una “modernización” por arriba de nuestro pueblo y de nuestra cultura. El desafío histórico, ético, político y cultural es, probablemente, lograr un equilibrio planificado entre desarrollo –entendido como apertura equitativa de oportunidades y no como progreso lineal ecocida- , cultura regional –en nuestro caso, cultura entrerriana y litoraleña- y respeto al ambiente y a la naturaleza. Ese saludo histórico, ese encuentro político y cultural está pendiente y es el gran desafío para nosotros y las generaciones futuras.

El Túnel es una idea y una obra extraordinaria, nadie lo duda y no estamos discutiendo eso. La pregunta sobre si el túnel y los demás puentes y obras, a la larga, nos han hecho perder nuestra identidad cultural probablemente no tenga una respuesta rápida y sencilla. Lo que sí nos parece es que hacer un túnel y obras sin afirmar paralelamente y fuertemente políticas que defiendan lo nuestro, termina facilitando el saqueo y la neocolonización, en diferentes planos y dimensiones de la vida política, económica, social y cultural. Otro cantar sería proyectar obras democráticamente y junto con ellas, proyectar fuertemente y en serio políticas para afirmar la soberanía particular entrerriana, en todos los órdenes.

El Túnel, como todas las grandes obras, sin una política firme para defender lo nuestro con justicia, puede terminar siendo usado lamentablemente como infraestructura para el saqueo.

Blanca expresaba algunos de nuestros mejores valores, que en el devenir histórico complejo y fragmentado de nuestro pueblo no se terminan de articular con otros, pero que también forman el espíritu comunitario de ésta tierra, el buen sentido entrerriano: dignidad, firmeza, ética, honestidad, franqueza, frontalidad, compañerismo, la confianza del “después arreglamos”, vivir del trabajo, terminar con la explotación y la desigualdad porque nadie es más que nadie, amistades y conductas sin reveses, defender y reapropiarnos de lo nuestro, el cariño al monte, al río, al arroyo y a las maravillas cotidianas de la naturaleza, el mate, el pan casero, una participación protagónica en el desarrollo de la Historia y una crítica a la mentalidad porteña, para que todos seamos todos, y no 6, 7 u 8, y que la vida vaya más allá de poder cruzar un túnel o comprarse un LCD. Que todos seamos todos para vivir con justicia, con sensibilidad, con cuidado esencial y con respeto, sin cinismo y sin más postergación.

Hoy en Nuestra América, después de tantos años de debates profundos sobre desarrollo, subdesarrollo y dependencia, se habla de posdesarrollo y de la ética y la política equilibrada del Buen Vivir, concepto que heredamos de nuestros pueblos originarios y que hoy se enriquece con las luchas sociales actuales. La justa medida del buen vivir ya es parte incluso de revoluciones democráticas y culturales, como la que está en marcha en la República hermana de Bolivia –a la que cantamos como una de las Provincias Unidas del Sur en nuestro himno- y es parte también de las reformas constitucionales y populares que se han realizado en la propia Bolivia y en Ecuador.

Esa justa medida del buen vivir, del vivir bien, ya la prefiguró Artigas, el padre del federalismo, cuando saludó por carta a los entrerrianos –Occidentales del Uruguay y Orientales del Paraná- después del triunfo liberador del Espinillo, comprendiendo que nuestros votos –entendidos como deseos- eran “por la libertad, la prosperidad y el reposo”.

Esa búsqueda de la justa medida de las cosas tal vez estuvo en aquel fuerte gesto de Blanca, que se constituyó así en una de las tantas resistencias, rebeldías y dignidades de nuestra tierra. Una digna rabia que nunca se va a poder contener.

LAS TORTITAS NEGRAS:

Jaroslav murió en 1971. Para Blanca la vida se puso más difícil que nunca, en un momento dónde una generación de argentinos se la jugaba con todo por una vida mejor para todos. La crisis y el ajuste estructural violento y dictatorial se fueron imponiendo paso a paso en esa Argentina, y la vida golpeaba casi con la misma dureza el destino de Blanca.

Todo se lo volvió muy difícil y muy doloroso. Tiempo después –allá por el ´74 o el ´75- la esquina de la sodería se transformó en una pequeña panadería que la ayudó más o menos a sobrevivir. La alegría volvió con sus tres primeros nietos, que son los que alcanzó a conocer: Carina, Mauricio y Virginia.

Blanca tenía que batallar ahora silenciosamente para poder ver a sus nietos, para poder tenerlos un rato upa y disfrutarlos en los momentos en que no estaba la presencia molesta, arbitraria, injusta y desubicada de algunos padres, incluyendo al mío.

Me cuentan que Blanca esperaba a vender todo o casi todo el pan temprano para cerrar un rato e irnos a visitar a la casa que alquilábamos cerca de lo Vergara a media mañana. Golpeaba y si estaba abierto pasaba, y yo la salía a recibir con alegría porque mi abuela me traía todos los días mi tortita negra.

Me parece que la veo entrar todavía, y aprovecha a tenerme upa un rato. Andaba pobre, venía a tomar unos mates –a veces no tenía ni para la yerba- con su hija Olga que se había casado con Mario, el bancario que a esa hora estaba en el Banco. Siempre el Banco. Yo iba creciendo de a poco: en el ´79 entré en el jardín de infantes, y nunca me faltó mi tortita negra.

Su hija Olga recuerda a su mamá Blanca muy lectora: diarios y revistas eran leídos por la abuela y nadie debía molestarla por nada. En alguna de esas revistas “Ahora” o “Así” es que Olga cree haber visto la foto del Che Guevara muerto.

Yo, el otro día pagué una fortuna en el kiosko de diarios.

Su hija la recuerda cantando, y cantando muy bien, en los pasillos de la vieja casona familiar una zarzuela que Blanca había aprendido de su madre de crianza, tan exigente y aristócrata, como bondadosa con ella, doña Encarnación Vidal que, nos habíamos olvidado de decirlo, era uruguaya. Tan cerca siempre va a estar la Liga Federal…

Blanca cantaba esa cancioncita de Encarnación:

Salite de la esquina

Barbero loco

Mi madre no te quiere

Y yo tampoco

Blanca se descompuso vendiendo pan una mañana triste y fea y se murió en 1980. Se fue resistiendo, trabajando, aguantando y mirando firme para adelante, como buena parte de su vida. Nos dejó un gran nudo en la garganta a aquellos que la quisimos y que hoy la recordamos más que nunca.

Me encanta que a la Juli y al Gianni le gusten las tortas negras, capaz que ahora me doy cuenta porqué, y por eso y por tanto, te digo con cariño y con justicia: gracias abuela, gracias por la dignidad y gracias por las tortitas negras.

Mauricio Castaldo

mauriciocastaldo@yahoo.com

Julio 2011

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