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Red Nacional de Medios Alternativos

domingo, 4 de junio de 2017

Contra la desnutrición por falta de alimentos y de paisaje - Por Daniel Tirso Fiorotto*



El autor muestra la necesaria complementación entre las luchas contra la desnutrición, y aquellas por un ambiente amplio y una comunidad, para que los niños crezcan en relación con la naturaleza, a salvo del hacinamiento y sus enfermedades y del individualismo. Por la salud y la libertad.
Al Gran Bonete se le ha perdido un pajarillo y lo busca en la rueda de gurises que se hacen los distraídos: nadie lo tiene. Estamos perdiendo la biodiversidad, y cada cual se agota en acusar al vecino. ¿Yo señor? ¡No señor! 
Esta entrega pretende ser un alegato por la nutrición integral, con alimentos sanos y en un paisaje.
Aquella libertad de vientres que generó expectativas en los esclavizados nos inspira, dos siglos después, una segunda libertad de vientres para devolver la vida a los hacinados.
No estamos solos. Son muchas personas y no pocas instituciones las que colaboran en la conciencia. La prédica para curarnos de la desnutrición es fundamental, y se complementa a la perfección con la necesaria libertad de vientres con la esperanza de que nuestros niños recuperen el ritmo de la naturaleza.
El amontonamiento es una desnutrición que achica el corazón. 
La comunidad es nuestro ámbito, la comunidad con los humanos y las demás especies, además del suelo, la arena, la piedra, con el sol en el centro. El barrio hacinado no es sinónimo de comunidad, es sinónimo de sobra, cuando al lado hay diez mil hectáreas vacías de humanos y vacías de árboles, abiertas al saqueo. 
Mundo en guerra
En materia ambiental vamos llenos de soberbia hacia la autodestrucción. El mundo ya no da abasto con los requerimientos de la humanidad capital/consumista, y sin embargo las noticias dan cuenta de amenazas, ultimátum, bombas atómicas de alcance insospechado, todo eso cuando nos debemos serenidad, diálogo, sólo posibles en la medida en que bajemos el copete.
Bajar el copete ante nuestros hermanos de especie y ante la naturaleza, allanarnos a los ritmos del paisaje, volver a enamorarnos de un amanecer. De eso se trata, pero nuestro empecinamiento va por los bombarderos y los portaviones. Esa es la noticia del día.
Trump, Putin, Xi Jinping, May, Merkel y varios por el estilo son apenas manifestaciones de la soberbia humana atropelladora, siempre amenazadora, colonialista, la humanidad que saquea su propia vecindad y está poniendo al planeta al borde del colapso.
Los países periféricos suelen esperar que las soluciones provengan de la fuente de los problemas, y así nadie toma el toro por las astas.
  Lavarse las manos
Concentrados como estamos en los acuciantes problemas del día, nuestras instituciones, las nuestras, tienen cerrados los caminos a las fuentes. Como resultado, vamos tapando agujeros siempre renovados, atacando los efectos y ni eso.
Preocupados más por las emergentes que por sus orígenes, nos encontramos en retirada y a la defensiva, o levantando el índice y acusando a los demás.
Como en el juego del Gran Bonete, muchos tenemos de alguna manera el pajarillo pero nos negamos a confesarlo. Señalamos siempre al otro. Cuando la mala suerte o un error nos delaten, entonces pagaremos una prenda o trataremos de zafar como se pueda.
La humanidad se empecina en empujarnos a la destrucción de la vida y son escasas e insuficientes las instituciones que toman conciencia, cuando de esa conciencia podrían derivar necesarias decisiones prácticas (acciones o no acciones) para revertir el proceso.
Los países periféricos como la Argentina suelen descansarse en lo que hagan los más poderosos (en términos de economía capitalista); y las regiones dependientes dentro de nuestros países (como Entre Ríos) se descansan por su lado en lo que hagan las metrópolis y los gobiernos centrales. Así, como los principales responsables del cataclismo no responden, no hay respuesta. Y en parte se debe a un complejo de inferioridad que nos atormenta y nos maniata.
No vemos que la debacle ya está entre nosotros, sea con la dependencia de tantos, la reducción a servir o a mendigar, sea con el encierro en barrios desprovistos de espacio, de sol.
Resistencia
Los pueblos del litoral tenemos condiciones para echarnos a la espalda el problema y brindar respuestas muy nuestras. No se basarían en experimentos de laboratorio sino en la recuperación de saberes siempre vigentes. Nuestras tradiciones dicen armonía del humano en la naturaleza, complementación, diálogo sereno, resistencia a la invasión, comunidad, reciprocidad de bienes y palabras, intercambio auténtico, inclinación ante la Pachamama. En cada lugar y en cada época con sus condimentos, claro está.
¿Por qué estamos en condiciones, en el litoral?
Es que la resistencia a la invasión occidental genocida, esa resistencia practicada durante trescientos años, nunca desapareció por completo y por eso podemos regar hoy aquellas raíces para que broten hojitas tiernas. Occidente se instaló en las instituciones y el Abya yala (América) quedó en las grietas, como en un desensillar hasta que aclare.
Hoy Occidente hace agua porque ya está claro que el individualismo, el antropocentrismo, el capitalismo, el cientificismo, la acumulación, el consumismo, que son sus fuertes, nos han puesto al borde de otro ismo: el abismo. Entonces emergen aquellos saberes ocultados, sepultados, pisoteados, y nos alumbran desde la selva, el altiplano, las orillas, la Patagonia, sea en comunidades que no murieron, sea en símbolos que guardan su verdadera esencia para los momentos propicios, como la banda roja de nuestra bandera federal, o el sol de la bandera nacional.
Cuando hablamos de resistencia decimos charrúas, artiguismo, o decimos comunidad, ayllu, tekoá. El litoral se ha guardado algunas prevenciones con el centralismo y el gran capital, y por algún lado se abre a la cuenca, a la relación indisoluble de nuestros pueblos a través de la red de ríos y arroyos convertidos artificiosamente en fronteras cuando son fuentes de unidad y encuentro.
Lavado de cabeza
Muchas veces se vio, desde adentro y desde afuera, a la región como encabezando una probable sublevación. Hay en el litoral una irreverencia muy natural. En tiempos del ataque a Paysandú, del asesinato de Peñaloza, de la guerra al Paraguay, fue notable la resistencia del pueblo, la resistencia activa, y estamos hablando de una historia muy reciente. La traición de la clase rica dirigente no opaca esa verdad.
Un proceso de lavado de cabezas ha pretendido distorsionar nuestra conciencia, nuestro arraigo, nuestra mirada amplia, regional. Pero los resultados son dispares.
El destierro de tantos, sea en migraciones internas para amontonarlos en las grandes ciudades o hacia provincias poderosas, permitió que el gran capital tomara nuestro territorio como zona de sacrificio donde el humano molesta, y molestan también los montes, los humedales.
Hemos mezquinado a los gurises los alimentos del cerebro y del corazón.
Sin embargo, en esa calamidad podríamos encontrar grietas para revertir el proceso, inspirados en nuestros suelos vertisoles, invertidos, revueltos, revolcados, que sugieren desde la naturaleza misma un jubileo.
Lo que está arriba pasa abajo y viceversa. Un jubileo, claro: otra oportunidad.
Estamos en condiciones, también, de ofrecer una respuesta porque el litoral sufre como muy pocos lugares del mundo una sangría permanente de los propios hijos de la tierra. Humanos, animales, árboles. Es una región expulsora, país de taperas, pueblos fantasmas, erosión del suelo, desertización. Ese flagelo ha sido denunciado por décadas y en algún momento le daremos respuesta.
Parasitismo
Por ahora, la propaganda del sistema (difundida por los medios más diversos) anestesia las conciencias como ocurre con ciertos parásitos que impiden que el hospedante ejerza sus facultades para la inmunidad.
Así, cada familia de desocupados que emigra del territorio litoral baja los índices de desocupación. Un engaño. Y le sirve al gran capital, porque el gran capital necesita el territorio libre de molestias, libre de humanos, para usar el suelo y el subsuelo a escala y con sus maquinotas, sin obstáculos.
Algunos planes llamados “sociales” sirven del mismo modo al gran capital, le hacen pagar a todo el pueblo pobre (incluso con impuestos a los alimentos o recortes en las jubilaciones) los subsidios a esa gran masa de excluidos, para que se queden en los barrios y no molesten los negocios del gran capital. Con algunos mendrugos, las familias prefieren el hacinamiento, sumidas en un caldo de enfermedades bien ocultadas por el sistema, antes que disputar lo que les pertenece: un lugar donde trabajar, cultivar sus alimentos, compartir, interactuar con la naturaleza.
Antes debieron ser extirpadas, convenientemente, de la conciencia referida a la simbiosis del humano en la naturaleza.
El mundo declina, el calentamiento derretirá masas de agua congeladas y aumentará la altura de los mares; de una u otra forma nuestro territorio será nuevamente zona de sacrificio porque tiene vastos espacios muy cercanos hoy al nivel del mar. ¿Esperaremos soluciones desde los mismos responsables de esta debacle?
Naturalizar el régimen
El sistema ha logrado encarnarse en muchos, convencidos de que este sistema es el único posible. Esa es la mayor victoria del sistema.
Nos encadenamos a un mundo productivista, consumista, depredador, concentrado, desarraigado, que desoye todas las luces de alerta. Las instituciones corporativas no son permeables a los cambios necesarios, pero incluso organizaciones del pueblo como lo sindicatos están apegados al sistema y sus dirigentes se han convertido (en general) en tremendos reaccionarios, cuando no demagogos, cortoplacistas, exitistas, enredados en disputas menores.
Escuchamos a diario a sectores llamados “progresistas”, inclusive, con discursos keynesianos que fueron superados hace décadas pero suenan bien al oído de los desprevenidos. Cuando el planeta ya dio muchos mensajes de alerta porque este sistema se fagocita el planeta, así de sencillo.
Claro, mientras no queremos ver el témpano, el Titanic sigue navegando y la fiesta parece interminable.
Pero existen (existimos) los que esperan poco y nada del imperialismo, venga de donde venga; los que no dan la vida para experimentos del gran capital; los que poco esperan de los gobernantes socios del gran capital, gobernantes que se auto adjudicaron el derecho de representarnos y decidieron que el pueblo “no delibera ni gobierna”. Existen (existimos) los que no creen en la bajada de línea desde el imperio y tampoco en la bajada de línea desde las metrópolis socias del gran capital; los no se sientan encima de la naturaleza, ni frente al paisaje, sino que se saben miembros de la naturaleza, dentro del paisaje. Los que están advertidos sobre los vicios y peligros del industrialismo y el consumo irresponsable de energías no renovables y la contaminación del agua y el aire.
Bien, mientras vamos regando esos brotes de conciencia, nos encontramos viviendo en esta zona de sacrificio, de donde fueron desterrados tantos hermanos. Tomar conciencia del estado de cosas, del estado de colonialidad en que nos desenvolvemos, y del privilegio de vivir en estas bellas zonas todavía, esa conciencia ya es un paso adelante.
Vemos que a pesar de la erosión del suelo disparada por la acción humana, a pesar del desmonte agresivo, el gran capital no logró matar todo aún. Estamos a tiempo.
Entonces, antes de que el gran capital cope todos nuestros ríos y arroyos, antes de que destruya por completo nuestros montes, pastizales, humedales, antes de que nos prive de todo como ya nos privó del paisaje, del trabajo, de la deliberación y el gobierno, antes de ser arrastrados por un sistema que no perdona la vida, podemos iniciar el camino que nos permitirá revertir el proceso. ¿Cómo?
Semillas patentadas
Si tomamos conciencia, con lo que dicen y repiten desde hace siglos nuestros pueblos antiguos y vigentes, que el humano no puede desplegar sus aptitudes sino es en la malla de la vida, en relación de reciprocidad con el entorno, en diálogo con las aves, los árboles, el río, las diversas manifestaciones de la vida, y reconociendo en una barranca, una piedra, una lomada, una mariposa a un compañero, un hermano, una manifestación de una unidad superior, entonces miraremos con otros ojos el estado de cosas.
¿Despliega una comunidad sus aptitudes en un barrio de hacinados, donde la aurora y el ocaso son ignorados, donde los niños no saben lo que es el lucero del alba ni distinguen los gorjeos y confunden un eucalipto con un algarrobo? ¿Hay libertad en una familia que no tiene un lugar para las gallinas, para plantar unos zapallos, para conocer las cuatrocientas variedades del maíz, y en cambio viven dependientes de una semilla patentada por una multinacional?
Los entrerrianos, y más, las mujeres y los hombres del litoral, podemos y debemos salvarnos del hacinamiento. Cuidar la naturaleza y en la naturaleza, el humano.
Si no tenemos las armas para revertir el proceso de una, podemos imaginar, sí (mientras organizamos otras cosas paralelas) la protección de las orillas a través de una red de reservas que abarque las cuencas de los ríos y humedales para asegurar a los animales una continuidad, y al mismo tiempo imaginar a nuestros niños liberados de las rejas impuestas por el sistema que los amontona como sobras.
No hay una sino muchísimas formas de asegurar una libertad de vientres, para que los niños no sean condenados por el sistema que oprime a sus padres y abuelos. En esa liberación va también la liberación de padres y abuelos porque verán una luz para los niños y eso alimentará sus expectativas, sus ganas, sus sueños.
La liberación de la niñez es un tema que genera intercambios en ámbitos vinculados a derechos humanos, pueblos originarios, asambleas ambientales, universidades, pero no mueve el amperímetro en partidos y sindicatos patronales y obreros ligados al sistema, y por eso reaccionarios.
Contra la desnutrición
La cooperadora de la nutrición infantil llamada Conin resulta por demás atractiva en el plano concreto para asegurar un niño con todas sus potencialidades, es decir, para no arruinarlo desde el pimpollo. Se ha desarrollado en Chile como en la Argentina.
Tienen razón sus impulsores. De ellos aprendimos que el niño necesita en partes iguales una buena alimentación y un buen entorno. Mimos, dicen, y nosotros nos permitimos agregar: paisaje. Mimos del monte, las flores, las mariposas, el silencio, la armonía, la comunidad.
Ese plan es complementario de la necesaria libertad de vientres que sostenemos, la relación del niño con su entorno, los árboles, los alimentos sanos, los mensajes de la Pachamama. Entonces: un niño completo en libertad.
Nutrición infantil y libertad de vientres van de la mano. Niño sano en ambiente sano. Cerebro completo en un paisaje, sin muros, sin esas pesadas mochilas del hacinamiento.
La desnutrición priva al niño del cerebro, el hacinamiento lo priva de su condición humana tejida con fibras de la naturaleza.
Una vida plena requiere de un desarrollo orgánico y del sol, con todo lo que eso significa: aire puro, horizonte sin obstáculos, cielo estrellado. El apuro y el ruido y la violencia y otros atropellos también arruinan. “Volver al tiempo del sin apuro”, añora la conocida chamarrita.
El niño en su lugar, con espacio adecuado, con sus murmullos, sus silencios, sus trinos, el niño en relación natural con el resto de sus compañeros de viaje asumirá naturalmente los vínculos, los juegos de la vida, el respeto al otro porque se verá a sí mismo en el otro, se sabrá en una urdimbre con el río, la piedra, las hierbas.
Para el individuo, un cerebro, para la persona, un entorno, otro que lo complemente: humano, árbol, mariposa.
Nuestros pueblos dicen que la persona se adquiere en la relación con el otro, en el encuentro. Chachawarmi, pronuncian. Es un encuentro fundador.
Nuestros pueblos afirman que, si no es con el árbol, el suelo, si no es con el amanecer, el humano no desplegará sus alas. Si no es pidiendo permiso al río, al monte, se calzará una corona y dirá esto es mío y querrá ganar. No ya compartir sino ganar. Si hay que saquear, saquear. Si hay que bombardear, bombardear.
Roberto Santoro
En junio se cumplirán 40 años de la desaparición de Roberto Santoro que escribió un poema inspirado en el Gran Bonete. “A mi país se le han perdido muchos habitantes/ Y dicen que algún cuerpo de ejército los tiene/ ¿Yo señor?/ Sí señor/ No señor/ ¿Pues entonces quien los tiene?”
Con su permiso, diremos que a nuestro país se le van perdiendo habitantes, árboles, suelo fértil, pájaros, niños, vida en fin, y dicen que el sistema los tiene. ¿Yo señor?
  * Publicado en UNO
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Zona de sacrificio donde el humano molesta, y molestan los montes.
 
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De alguna forma nuestro territorio será nuevamente zona de sacrificio.
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Lectura para el análisis crítico y el debate militante:

COLECCIÓN CLACSO COEDICIONES

CLACSO -MUELA DEL DIABLO -COMUNA

Forma valor y forma comunidad

Aproximación teórica-abstracta a los fundamentos civilizatoriosque preceden al Ayllu UniversalÁlvaro García Linera“Qhananchiri”

sábado, 28 de enero de 2017

Piglia y la respiración entrerriana

Por Mauricio Castaldo (*)
…Pero, ¿ quién de nosotros no tiene un secreto ?…”
Ricardo Piglia, “Respiración Artificial”

…Alguna otra cosa anduvo pasando que no sabemos, algo que
viene de lejos y que fue lo que modificó al General.
Y de eso parece que no hay quien conozca…”
Piglia, “Las Actas del Juicio”
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Nadie dijo, este 6 de enero triste para nuestras letras, que la gran novela “Respiración Artificial” del maestro Ricardo Piglia se ubica casi centralmente en Entre Ríos, y más precisamente en Concordia. La muerte se llevó el cuerpo del escritor de Adrogué, y muchos escribieron epitafios elogiosos y agradecidos, pero nadie, lo que se dice nadie, dijo una palabra sobre Piglia y Entre Ríos, salvo algún tibio recuerdo a su cuento “Las actas del juicio”. Nadie se hizo alguna pregunta para pensar sobre eso. Nadie se puso a pensar que probablemente Piglia nos estaba dando alguna pista.
Muchos, muchísimos, en todo el mundo, recordaron aquella notable escena de “Respiración Artificial”, donde Piglia crea un diálogo donde el polaco Tardewski explica su investigación sobre el posible encuentro entre Hitler y Kafka en un café de Praga en los primeros años del Siglo XX, antes de que Hitler fuera Hitler y cuando Kafka recién estaba empezando a ser Kafka. El personaje que Piglia hace hablar nos mueve a pensar una relación entre el delirio criminal del futuro canciller del Reich y la deshumanización sistémica anticipada por Kafka en “La Metamorfosis” y en “El Proceso” (1). Todo bien, pero nadie dijo que esa escena profunda de reflexión, tan interpelante hasta hoy, Piglia la ubicó en Entre Ríos.
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Ese mismo exiliado polaco de Piglia a nuestra tierra, plantea poco antes el derrotero de la racionalidad burguesa occidental, de Descartes a Hitler, anticipándose notablemente a trabajos como el de Robert Kurz – “Razón Sangrienta” (2) – y a los actuales estudios de la subalternidad. Pero, ¿Porqué Piglia situó estos momentos literarios extraordinarios en la costa entrerriana del Uruguay?.
El propio autor había escrito, cuando era muy joven -en 1964- un cuento notable titulado primero “Las dos muertes”, y después “Las Actas del Juicio”, donde hace hablar con fuerza a uno de los acusados por el atentado revolucionario contra Urquiza, y había confesado después su admiración por las montoneras entrerrianas (3), a las que vuelve a elogiar en “Respiración Artificial”, haciéndole decir a otro de los personajes -Ossorio, veterano de guerra que alguna vez fue rosista- que “he oído decir que los entrerrianos (de a caballo) son los mejores soldados del mundo”. Nada más ni nada menos.

Entre Ríos, refugio histórico

Piglia le hace decir a Tardewski que si no hubiera llegado a Concordia, tal vez hubiera podido graduarse y realizarse intelectual y profesionalmente en Europa, pero también hubiera podido ser asesinado por los nazis o masacrado en algún campo de concentración. Entre Ríos fue un refugio, un gran rancho de paz, de convivencia y de integración solidaria en la primera mitad del siglo pasado, y está documentado, más allá de las contradicciones, luchas y tensiones que sucedieron, como sucede en toda sociedad de clases. En “Tierra de Promesas”, Susana Chiaramonte, Elena Finvarb y Graciela Rotman nos muestran -entre tantas cosas- que algunos de los que escaparon a la infame “Noche nazi de los Cristales Rotos”, sobrevieron en nuestra tierra entrerriana. ¿Es artificial la respiración de un exiliado en éstas condiciones? ¿No da chances de continuar la vida igual la respiración artificial?. ¿No fue Entre Ríos, a su manera, un ejemplo de paz y convivencia para el mundo, en medio de las guerras mundiales?. Tanto dijo también Gerchunoff en “Los gauchos judíos” y en “Entre Ríos, mi país”. Tan bien lo reafirmó su yerno Amaro Villanueva (4). ¿No deberíamos enseñar entonces que la “civilización” estaba acá y la barbarie allá?. ¿No lo enseña Piglia, a su manera?...